Autenticidad y autoestima: por qué cansa estar pendiente de cómo te muestras

La relación entre autenticidad y autoestima aparece muchas veces cuando empezamos a observar cuánto esfuerzo hacemos para parecer de una determinada manera ante los demás. Te cuento:

Hay algo muy curioso en esa sonrisa que ponemos cuando sabemos que nos están haciendo una foto. Al principio sale fácil: sonreímos, miramos a cámara y esperamos. Pero si la persona tarda demasiado en hacerla, empezamos a notar la cara tensa, dejamos de saber muy bien qué hacer con la boca y aparece ese pensamiento de “¿estaré sonriendo raro?”. Entonces intentamos corregir la expresión y, paradójicamente, cuanto más tratamos de que parezca natural, menos natural se siente.

A veces, con nuestra forma de estar con los demás, puede ocurrir algo parecido. Podemos intentar parecer más seguras, más divertidas, más tranquilas, más interesantes o más despreocupadas. También podemos medir mucho lo que decimos, controlar determinadas reacciones o mostrar aquellas partes de nosotras que creemos que serán mejor recibidas. Y es aquí donde la autenticidad empieza a relacionarse de una forma bastante clara con la autoestima.

¿Qué relación hay entre la autenticidad y la autoestima?

La autenticidad no consiste en comportarnos exactamente igual en todos los contextos ni en mostrar todas nuestras partes a todo el mundo. Todas adaptamos nuestra forma de comunicarnos dependiendo de dónde estamos, con quién y de lo que queremos compartir. No hablamos igual en una reunión de trabajo que con una amiga íntima, y eso no significa necesariamente que en uno de esos espacios estemos siendo falsas.

La dificultad aparece cuando esa adaptación deja de ser flexible y empieza a sentirse como una necesidad. Es decir, cuando sentimos que para ser aceptadas, queridas o suficientemente valoradas tenemos que parecer de una determinada manera. En ese momento, la forma en la que nos mostramos deja de depender únicamente del contexto y empieza a estar muy mediada por la percepción que creemos que los demás tienen de nosotras.

La autoestima tiene mucho que ver con esto porque no se limita a “gustarnos” o a reconocer nuestras cualidades. También implica sentir que nuestro valor personal no depende completamente de cumplir con ciertas expectativas externas. Cuando esa base es más frágil, podemos volvernos más sensibles a las señales de aprobación o rechazo y dedicar mucha energía a controlar cómo estamos siendo percibidas. Te hablé de ello aquí.

Por eso pueden aparecer pensamientos como “¿le estaré cayendo bien?”, “¿habré dicho algo raro?”, “¿estaré siendo demasiado?”, “¿pareceré insegura?” o “¿qué estará pensando de mí?”. El problema no es que estos pensamientos aparezcan alguna vez, porque es bastante humano preguntarnos cómo nos reciben los demás. El problema aparece cuando ocupan demasiado espacio y empiezan a condicionar de forma constante nuestra manera de comportarnos.

¿Por qué estar pendiente de cómo te perciben puede resultar agotador?

Porque exige mucha atención y mucho autocontrol. Si durante una interacción una parte importante de nuestra energía está destinada a revisar lo que decimos, anticipar cómo puede interpretarse, regular nuestros gestos o intentar dar una determinada imagen, la experiencia deja de ser simplemente estar con otra persona. También estamos observándonos desde fuera mientras estamos con ella.

Ese desdoblamiento puede generar bastante tensión ya que implica tener menos margen para responder de una manera espontánea. Podemos tardar más en contestar porque filtramos demasiado lo que queremos decir, evitar determinadas reacciones por miedo a cómo serán recibidas o terminar una conversación repasándola mentalmente durante mucho tiempo.

Además, cuando este nivel de vigilancia se mantiene, la tensión no siempre se queda únicamente en nuestra experiencia interna. También puede influir en cómo nos relacionamos. Una conversación excesivamente monitorizada puede sentirse menos fluida, y una parte de la energía que podría estar puesta en escuchar, conectar o disfrutar termina puesta en gestionar la imagen que creemos que estamos dando.

La metáfora de la sonrisa de foto ayuda a entenderlo bien. Mantener una sonrisa durante unos segundos no supone demasiado esfuerzo. El problema aparece cuando tenemos que sostenerla durante mucho tiempo y empezamos a notar cada músculo de la cara. Con nuestra forma de mostrarnos puede ocurrir algo parecido: cuanto más esfuerzo requiere sostenerla, más conscientes somos de ella y más tensión puede aparecer.

Tener una autoestima saludable no significa que deje de importarte lo que piensen los demás

A veces se transmite la idea de que tener una buena autoestima implica que no nos afecte en absoluto la opinión ajena. Sin embargo, eso no es demasiado realista. Somos seres sociales y es normal que nos importe cómo nos perciben determinadas personas, especialmente aquellas con las que tenemos vínculos significativos o en situaciones en las que sentimos que hay algo importante en juego.

Tener una autoestima más estable tampoco significa sentirnos seguras todo el tiempo. Podemos tener una buena relación con nosotras mismas y sentir nervios en una primera cita, inseguridad al entrar en un grupo nuevo o miedo a equivocarnos en una conversación importante. La diferencia está más bien en cuánto depende nuestro valor de cómo salga esa situación.

Una autoestima más saludable puede ayudarnos a tolerar mejor que no siempre vamos a gustar, encajar o dar exactamente la imagen que nos gustaría. Podemos haber estado más calladas un día sin convertir eso automáticamente en “soy aburrida”. Podemos sentir nervios sin pensar que tenemos que ocultarlos a toda costa. Podemos decir algo torpe y seguir adelante sin utilizar ese momento como prueba de que hay algo mal en nosotras.

Ese margen es importante porque permite que nuestra identidad sea más amplia y menos rígida. No tenemos que demostrar constantemente que somos seguras, interesantes, divertidas o competentes para sentir que seguimos teniendo valor.

Ser auténtica no significa mostrarlo todo ni actuar siempre de forma espontánea

También conviene matizar qué entendemos por autenticidad, porque a veces este concepto puede convertirse en una nueva exigencia. Ser auténtica no significa decir siempre lo primero que pensamos, contar nuestra intimidad a cualquiera o comportarnos exactamente igual en todos los contextos. Podemos elegir qué compartimos, necesitar tiempo antes de abrirnos, ser más reservadas con determinadas personas o cuidar la forma en la que comunicamos algo sin dejar de ser nosotras mismas.

La autenticidad tiene más que ver con la posibilidad de que exista cierta coherencia entre lo que sentimos, pensamos, necesitamos y mostramos, sin que nuestra conducta esté completamente dominada por el miedo a no cumplir con las expectativas de los demás.

Por eso la dificultad aparece cuando sentimos que no podemos relajarnos, que tenemos que mantener una determinada imagen o que algunas partes de nosotras deben permanecer constantemente escondidas para seguir siendo aceptadas. En esos casos, la adaptación deja de ser una herramienta flexible y puede convertirse en una forma de vigilancia bastante desgastante.

¿Cómo saber si estoy demasiado pendiente de cómo me muestro?

No existe una única señal que indique que estamos siendo “poco auténticas” o que tenemos una baja autoestima. Sin embargo, sí podemos observar algunos patrones que pueden ayudarnos a entender cuánto espacio ocupa la mirada de los demás en nuestra forma de relacionarnos.

Por ejemplo, puede ser relevante prestar atención si solemos ensayar mentalmente lo que vamos a decir antes de ciertas interacciones, si repasamos conversaciones durante mucho tiempo después de que hayan ocurrido, si intentamos ocultar emociones por miedo a cómo serán recibidas o si sentimos que tenemos que parecer más seguras, divertidas o despreocupadas de lo que realmente nos sentimos.

También puede ser una pista notar que determinadas relaciones nos generan mucha tensión porque sentimos que no podemos equivocarnos, decepcionar o mostrar partes menos “atractivas” de nosotras. En estos casos, la pregunta no sería tanto “¿estoy siendo auténtica o falsa?”, sino “¿cuánto esfuerzo me está costando sostener esta forma de estar?”.

Autenticidad, autoestima y la posibilidad de bajar la vigilancia

Muchas veces nos gustan especialmente esas fotografías que alguien nos hace sin avisar. Estamos hablando, concentradas en algo, riéndonos o escuchando a otra persona. No hemos preparado la expresión ni pensado cuál era nuestro mejor ángulo. Simplemente estábamos haciendo nuestra vida.

Quizá nos gustan precisamente porque, durante ese instante, no estábamos intentando aparecer de ninguna manera concreta.

Con la autenticidad puede ocurrir algo parecido. No se trata de alcanzar una versión perfectamente espontánea, segura y libre de inseguridades. Se trata más bien de poder estar en determinados espacios sin sentir que tenemos que vigilarnos constantemente.

Y aquí vuelve a aparecer la autoestima. Cuanto menos dependa nuestro valor de cumplir con una determinada imagen, más margen tendremos para mostrarnos con matices. Para sentirnos seguras unas veces e inseguras otras, hablar mucho algunos días y estar más calladas en otros, saber cosas y reconocer que otras no las sabemos, gustar a algunas personas y no encajar con otras.

Creo que también necesitamos darnos un descanso de todo lo que creemos que los demás esperan de nosotras, pero también de todo lo que esperamos nosotras mismas. Un espacio en el que no tengamos que estar tan pendientes de hacerlo bien, de parecer de una determinada manera o de sostener una imagen concreta. Un espacio en el que podamos simplemente ser, estar y mostrarnos con algo más de autenticidad, ¿no te parece?

 

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